jueves, 19 de julio de 2012

309.- ASTURIAS, DE NUEVO

Pues sí, volvemos a Asturias respondiendo a la llamada de Alejandro, el Mago Carpintero o el Carpintero Mago, tanto da. Se ve que se había quedado con ganas de organizar otro festejo sidrero después del abrumador éxito de aquella primera "kedada" para la presentación de Flora hace ya dos años. Es que a este chaval le encanta lo de escanciar sidra y sobre todo lo de dejarnos a todos con un palmo de narices viendo las virguerías que hace con las motos y con lo que no son las motos.
Este año no hemos ido solos, como suele ser costumbre, que ya sabéis aquello que me gusta a mí de salir temprano y llegar a la hora de comer, siendo esta hora muy modificable en función del trayecto, es decir, que no se para hasta que lleguemos y entonces comemos. Este año, como digo, hemos ido Elisa y Roberto, Maricruz y yo. Lo de planificar el viaje se queda para los novatos, así que dos días antes no teníamos ni idea de en qué moto iba a ir Roberto, si en la R100RS o en la R100GS. Nosotros sí que habíamos decidido ir en la R100RS, y de hecho la semana anterior había estado preparándola (goma delantera, horquilla, aceite, carburación...) y el día antes me llegué a Ronda en la R1100S, que se había quedado en Sevilla para pasar la ITV (cum laude) para cambiarla por la R100RS, y de paso probarla, porque ni siquiera la había arrancado después de la revisión. 
Y por fin llegó el viernes. A las 7 de la mañana habíamos quedado con Roberto y Elisa en mi casa para salir. A las siete y veinte emprendimos el viaje y a las siete y media ya estábamos parados en la gasolinera de Guillena para repostar. Mira que cuando salimos siempre decimos lo mismo: meados, repostados, desayunados y todos los ados que hagan falta. Total, que cuando salimos ya llevábamos casi cuarenta minutos de retraso respecto de lo que yo había pensado. A cuarenta o cincuenta kilómetros, Maricruz me dice que se ha dejado los bocadillos en el congelador. Es una costumbre que tenemos cuando hacemos viajes largos: la noche antes se preparan unos bocadillos y se congelan. Al día siguiente los metemos en la bolsa de depósito y se van descongelando lentamente. Al segundo repostaje (unos 500-600 km) están como recién hechos y nos los comemos con un refresco mientras comentamos las jugadas. Después reemprendemos la marcha y ya estamos confortados digestivamente hasta que lleguemos. Bueno, esta vez no había bocadillos, y eso que llevábamos para los cuatro y de lomo ibérico y queso.
El viaje transcurría apaciblemente, llevábamos menos velocidad de crucero de la que yo tenía pensado, pero... la vida es así. Por lo menos no nos estaba pillando el calor, que era lo que yo más temía, y de ahí las ganas de pasar el Duero lo antes posible, que más arriba el sol es bastante más soportable. Pero mira por donde, justo antes de la mitad del camino que debe andar allá por los Baños de Montemayor, en Hervás, empiezo a oler a aceite quemado. La R100GS de Roberto echando humo y no se ha dado ni cuenta. Lo paso y lo desvío hacia Hervás. Paramos en la primera gasolinera y le comunico el motivo, ya que por los gestos no se había enterado muy bien (poco más o menos le indicaba que los bomberos iban a tener que apagarle la moto). Una rápida inspección nos quita parcialmente el miedo: el tornillo que sujeta la palanca del cambio se ha aflojado, con lo que el retén deja salir aceite de la caja de cambio que se derrama sobre la marmita y se fríe, de ahí la humareda. 


Como el problema se resuelve en un momento, con un simple apretón del tornillo, aunque se nos queda dentro la duda de si la caja de cambios estará empezando a quejarse, aprovechamos para refrescarnos un poco el gaznate. Afortunadamente, Eli ha tenido la misma buena idea y ha preparado unos bocatas que no se ha dejado en el congelador, con lo que le damos un poquito de juego a la articulación temporomandibular.


Volvemos a las motos y seguimos el viaje. Ya no paramos hasta el Cubo de la Tierra del Vino, desde donde llamamos a Tomachesky, que vive al lado, nada más que para decirle que no lo esperamos, que seguimos porque a él le quedan todavía unas cuantas horas para salir. Todo sigue igual, mantenemos un ritmo algo más lento de lo que yo deseaba, pero es que Roberto no las tiene todas consigo y anda lastrado por la incertidumbre de la caja de cambios. Pasamos unos cuantos pueblos, y del único que me acuerdo es de Manganeses de la Lampreana. ¿Os imagináis a uno preguntando ¿y usted de donde es? Yo de Manganeses de la Lampreana, responderá orgulloso el otro. ¡Que te acuestes! le espetará el primero.
Pasado Benavente, en una recta, una gasolinera a la derecha. Miro por el rabillos del ojo y me parece ver tres motos y tres tíos saludando efusivamente. Por supuesto no he conocido a ninguno, y ni siquiera sabría decir si las motos son BMW y ni tan siquiera si son motos, pero sigo pensando y me acuerdo de que los albaceteños también subían el viernes. Me paro y le pregunto a Roberto si eran BMW. Está igual que yo. Nos damos la vuelta por si acaso y entramos en la gasolinera. Efectivamente, allí están Elrite, Maensa y Juan. Saludos, presentaciones,. etc. etc. y seguimos viaje juntos, pero solo un tramo, porque ellos quieren pasar por el Puerto de Pajares y nosotros queremos ir por la autopista de peaje. Por cierto, que no sé cómo, vi en un cartel que el peaje eran cuatro con dos euros y cuando llegamos, las niñas se quedaron con cara de tontas con el billetito de cinco euros en la mano y el operario reclamándoles once y pico euros. Mi vista ya no es lo que era.
Un poco más tarde estábamos cerca de Gijón. A todo esto, yo llevaba mi GPS de los chinos que no se ve demasiado bien con el sol y al que le iba indicando dónde queríamos ir, pero se ve que en uno de los toques sobre la pantalla modifiqué el punto de destino y la señorita del GPS nos llevó al nuevo punto de destino en vez de llevarnos a Candás, que era donde teníamos que ir. Después de mas de media hora perdidos por aquellos prados, por carriles asfaltados que a veces no llegaban a ningún sitio, me dice que hemos llegado, y entonces me doy cuenta del error. Desconfiando de la china, nos llegamos a una gasolinera y preguntamos por donde se va. Nos orientan bien y sin muchas peripecias más llegamos al Hotel del Carmen en Perlora, al lado de Candás ¡Estas modernidades...!



Nos inscribimos, nos tomamos una cerveza (no muy fría) y vamos a la habitación. Una ducha y "ropa de normal" y nos vamos al Bar de Sandalio, que vistos los precios de la cerveza en el hotel nos van a tener poco tiempo de clientes.
Al poco se nos une el Vecino Misterioso, que ha llegado de Pamplona mientras estábamos en la habitación.



Del bar de Sandalio, otra vez al hotel a saludar a los que habían llegado e iban llegando. Previamente pasamos por la habitación por algo de abrigo, que allí hace fresquito.
Una vez arriba unas sidrinas con los albaceteños, 


Sabi, el Poeta, Carpintero, el Vecino Misterioso...




Por cierto, véase con qué orgullo muestra Roberto la invitación expresa que nos hizo Carpintero en noviembre en Benidorm. La mía debe andar por algún sitio. Ya aparecerá.
Las motos se iban agrupando en el aparcamiento y la GS de Elrite con la pegatina bien puesta, no al revés como la mía.



Seguimos un rato con las sidrinas y con la charla esperando a que Carpintero nos llevara a cenar



A todo esto iba llegando gente: JBolle, Parodri y Tere, Pepe y Coral, Tomaschesky y Mari Carmen. Foto del grupo como es de rigor en estos casos, y a cenar.


Pero antes de cenar Carpintero nos llevó a su madriguera a enseñarnos el último invento: una R1150GS que se llama Curvadora (todas las motos del Carpintero acaban en ora) y además tenía por allí a medio montar a Debora y a Aurora, pero ya volveré sobre ellas más adelante, si es que me acuerdo.


Roberto, que seguía medio mosca con la caja de cambios se trajinó al Carpintero para hacerle un cambio de aceite a la moto mientras cenábamos, y allí que dejó la moto en lo alto de la mesa vomitando aceite negro.


La cena fue al lado de la casa del Carpintero, en la Quintana de Manuela, sitio muy de recomendar por varias razones: la primera que tienen un gran respeto por los ancianos, y así, presiden el comedor, 



la segunda porque se come de maravilla, y la tercera por lo amabilísimos que son. De esta última no puedo sino dar fe, pero de las comidas sí que puedo arrimar unas fotillos que orienten sobre su arte.









¿Como se llaman los platos? Ni idea, preguntadle a Roberto que es el que se queda con esas cosas. Yo me ocupo de la sidrina y otros menesteres, al igual que mi colombroño, que llena los culines de dos en dos.


La cena transcurrió entre risas y charlas, sobre todo de motos, como es natural.





La única que parecía un poco más aburrida era la simpatiquísima Andrea, que estaba un poco descolocada junto con tanto chalado de las motos viejas.



Acabada la cena volvimos a casa del Carpintero a recoger la moto de Roberto, que aún seguía vaciándose ¿de donde sacaría tantísimo aceite para estar dos horas tirando? y alguien nos llevó hasta el hotel; Dios lo bendiga, porque si tiene que llevarnos la señorita del GPS todavía estamos dando vueltas.
Dormí como un bendito. Ya me estoy haciendo mayor y no aguanto ni ochocientos kilómetros de nada. Se me ha pasado el tiempo de ir al Cabo Norte.
Por la mañana, desayuno en el hotel y al poco ya se estaba organizando la excursión mañanera. Acudieron muchos que no estuvieron la noche antes, como fjmarotillo, a quien hacía lo menos un par de años que no veía, y otros que no conocía. Había motos de todos los colores. A destacar especialmente esta R75/5 que me traía a mal traer.


No pude evitar acordarme del Brillitos, mi amigo Juan, que estaría en Huelva sacándole brillo a la preciosa R100RS que estrenó hace poco. No tenía más que dos mosquitos en el faro. El resto como recién salido de fábrica.


Y allá que nos formó el Carpintero a todos para dar un paseo que en en principio iba a ser al Cabo de Peñas, pero que después se trastocó por culpa del tiempo.


Estuvimos dando vueltas por la comarca y si me preguntan, como la del GPS: ni idea de por donde voy. De vez en cuando una parada para agruparnos, que no íbamos todos igual de rápidos. Yo iba detrás de Mar con su Vespa y lo iba pasando francamente mal, porque la veía entrar rozando la rodilla en cada curva y a mi, la verdad, me costaba seguir su ritmo endiablado.




Finalmente paramos en una sidrería que se llama La Vega, donde echamos unos culines de sidra y de cerveza y nos pudimos quitar el estrés del endiablado ritmo curvero que llevábamos,














  



Y a la salida de La Vega empezó a ponerse feo el día. De repente empezó a oscurecerse el cielo y como el que no quiere la cosa, en pocos minutos nos estaba cayendo todo un aguacero. Carpintero nos llevó de nuevo a su casa y aproveché para darle la vuelta a la rueda, que la había montado al revés en Ronda y aunque me había dado cuenta antes, al intentar comprobar la presión por la mañana, en la gasolinera y ver que la válvula no estaba hacia el lado derecho, lo había dejado porque el piso estaba seco, pero ya con agua la cosa cambiaba y había que facilitar el drenaje para tener buena adherencia. Y hablando de adherencia, que le pregunten a Mar lo peligrosa que es el agua, que no se fue al suelo de milagro en la propia puerta de su casa.
Carpintero, sabedor de los gustos del que escribe, tenía preparadas unas cuantas latas de Cruzcampo que despachamos en un momento mientras esperábamos inútilmente que la tormenta se fuese y aprovechábamos para ver los nuevos inventos de Carpintero y comentar todo lo comentable.
Por ejemplo, me llamó la atención este motor totalmente en negro, ya que quise hacerlo con la GS, pero me faltó valor, porque no me fio mucho de mis pinturas. El caso es que le preguntas a Alejandro, esto ¿con qué lo pintaste? y como el que no quiere la cosa te dice. si, pintelo con acrílica, y se da media vuelta, como si fuese lo más normal del mundo. Para mi la acrílica es para las paredes ¿o no? Ya que tenía pillado el truco de las monocapa y las bicapa viene este y me mete las acrílicas. Así no aprenderé nunca.


De la horquilla, la llanta y los detalles de la pinza de freno no diré nada, solo que ya me gustaría a mí hacer algo parecido en mis motos.


Y allí estuvimos un buen rato, como digo, charlando y esperando inútilmente que escampara.




Se acercaba la hora de comer y ademas de que la gazuza empezaba a hacer sus efectos ¿por qué entra tanta hambre en Asturias? en Casa Paquín no esperan a nadie, y les fabes estaban en el fuego desde las cuatro de la mañana ¡que también hay que tener ganas de levantarse a esa hora para hacer unas fabes! Así, pues, a Casa Paquín, que está muy cerca, y mojándonos, como buenos moteros. Ya sabéis: calor en verano y frio en invierno.








Los que tuvieron más suerte pudieron aparcar a cubierto. Los desgraciados tuvimos que aparcar fuera, pero nuestras motos están acostumbradas a todo y no encogen con el agua. Por cierto ¿os habéis fijado en lo guapísima que es mi R100RS?


Y por fin en Casa Paquín. Fuera seguía el agua, que, la verdad sea dicha, es que le va bien a este paisaje.



Dentro, intentábamos mojarnos un poco el gaznate. Lo de escanciar sidra sigue dándoseme regular. No hay más que ver la cara, pero lo sigo intentando.


Se me da mejor bebérmela y como debe ser, rápido, que no te crezca un manzano en el vaso.



El gamberro este


o mejor dicho, estos dos gamberros,


nos habían preparado un menú exquisito: Unas fabes gloriosas


cuyo sabor puede juzgarse por las caras del personal comiendo






excepto Sabi y fjmarotillo, que parece que están comiendo otra cosa ¡vaya una cara que me han puesto los dos!
De segundo nos habían preparado un cachopo, pero en realidad, según nos dijeron, se trataba solo de un menú de degustación, ellos lo llamaban cachopín, porque el cahopo de verdad era este, que nos lo sacaron para enseñarlo solo, aunque más de uno se lo habría comido, incluyéndome a mí de no haberme tomado antes las fabes.




El cachopo son dos filetes o quizás más, envolviendo jamon y queso, y empanados con un esparrago y un pimiento morrón de adorno, y está, como dice Roberto, pa chillarle. De hecho, creo que me he vuelto adicto al cachopo. Voy a tener que subir de vez en cuando a echarme uno.
Sé que hubo postre, pero ya ni me acuerdo de lo que pedí, que el cachopo empezaba a hacerse sitio en la barriga y no me dejaba almacenar recuerdos (y no es que los almacene en la barriga, pero que no me dejaba).
Alejandro le regaló a Dulce, la guapísima jefa de Casa Paquín, un soporte de botellas conmemorativo de la ocasión, hecho por él mismo, que para eso es el Carpintero, y yo le regalé mi agradecimiento por lo bien que había comido.



Cuando acabamos de comer había dejado de llover y la tarde se prometía espléndida. Nos hicimos una foto del grupo en la puerta de Casa Paquín




y volvimos a casa de Alejandro a que nos enseñara el resto de lo que no nos había enseñado aún, que solo nos había llevado a la parte de motos.
Esta vez nos metió en el quirófano-carpintería, porque aquello no es una carpintería normal, y si no, juzgad por las fotos: todo recogido, nada de serrín por el suelo, las máquinas limpísimas, delimitación con pintura de las zonas de paso y las zonas de trabajo... ¡qué se yo! Así nos bombardean después las parientas con el orden en el taller.





De allí nos pasó a la parte posterior, que aún no está terminada, donde se dedica a hacer alguna que otra chapucilla con los plásticos, a pintar, a chorrear con arena, etc.






Después de dejarnos a todos un poco con la boca abierta viendo lo fácil que parece todo en manos del que sabe, tocaba volver al hotel para prepararse para la espicha, que aunque suene mal no es más que una cena con sidra (y eso que no hacía nada que habíamos comido).


de vuelta en el hotel una buena ducha, un ratito de descanso y de nuevo a la terraza. Una foto de los jardines


y la charla a la espera de que empezase la espicha, que giraba en torno al tamaño del cachopo,


que a algunos les había parecido así de grande, aunque los escépticos de al lado no se creyesen nada y se riesen de las comparaciones.


A todo esto, el maestro Jorge (el poeta) se había ido a ensayar dentro del llagar


y allá que vino Andrea a decirnos que "el joven" estaba tocando la guitarra. Más por hacerle compañía que por oírle, que tampoco es que afine mucho, nos fuimos para dentro, y ahí empezó la espicha. Algunos se embelesaban de tal manera con la música que no tardaron en pillar gestos de... embeleso


y hasta se dejaron llevar por las notas para danzar un vals


Menos mal que no llegó la sangre al río, pero aquello empezó a ponerse de color purpurina barata.
Como os decía antes, la espicha es una especie de reunión de comer y beber, y allí estábamos algunos (eché de menos a algunos de los que habían estado con nosotros por la mañana y a muchos de los de hace dos años) poniéndonos púos de sidrina y de muchas cosas que trajeron y se llevaron con prontitud (yo es que no soy de mucho comer, pero eso me pareció oír como queja, pero es que si no se llevan un plato no cabe otro).
El poeta y el carpintero se marcaron un duo de madera y viento y con eso se dio paso a la comida en serio.




La sidra corría, y además como teníamos escanciadores de pilas, sin necesidad de paisanos que nos la echaran


y Roberto se pilló el micro y nos volvió a sacar las mas sonoras carcajadas con sus chistes, y eso que tuvo que suavizar muchíiiiiiiiiisimo por la presencia de Andrea.


Después de la cena, las sorpresas del Carpintero. El tío había preparado una tómbola entera de regalos. Tanto es así que el que menos se llevo tres o cuatro, entre mapas, tablas para sujetar botellas, tablas conmemorativas, boligrafos, barajas de cartas... ¡yo qué sé la que lió el Carpintero!
Aquí podéis ver el aspecto de la mesa con algunos de los regalos, pero debajo tenía una infinidad más y encima camisetas conmemorativas de la reunión, muy chulas por cierto.



Y allí que se puso Alejandro en plan tombolero  ayudado por Mar y por Andrea, a repartir fortuna. Fijaos en la cara de disfrute, que casi suele ser la suya normal, porque siempre está disfrutando con lo que hace, y cuando no está haciendo nada ya esta disfrutando imaginando lo que va a hacer acto seguido.



El caso es que allí estuvimos de entrega de trofeos un buen rato. A mí me tocaron una placa conmemorativa de la reunión, una para poner una botella de sidra, pero que la he apañado para una de tinto, que la sujeta igual de bien, y una cosa especial: una percha para colgar los cascos, las chaquetas, etc, hecha con una de las placas y dos válvulas, una de escape y una de admisión. Me gustó muchísimo. Muchas gracias tocayo.



Ya los he colocado, por cierto.




Por no faltar, aquella noche no faltaron ni los fuegos artificiales ¿Que no? Aquí los tenéis.

video

Y después de aquello los cubatas, la fase de exaltación de la amistad,


escuchar un poco la música que ha compuesto y que está grabando Jorge Méndez (muy buena, por cierto, y no porque sea mi amigo), despedida y cierre, que al día siguiente había que volver.
La noche se pasó en un soplo, más que nada porque apenas fue un soplo, que nos acostamos a las tantas. Nos levantamos, desayunamos, nos despedimos de los pocos que aún quedaban por allí y empezamos el camino de vuelta.
La del GPS volvió a cogerme las vueltas, porque esta vez yo quería ir sin pisar autovías para poder subir el Puerto de Pajares (1378 m), un antojo que teníamos, y nos volvió a llevar por donde quiso. Se ve que si le quitas las autopistas y solo le dejas las nacionales, donde no hay nacionales se arma el cacao. En Mieres entramos dos veces, con eso lo digo casi todo.
El Puerto de Pajares vale la pena subirlo, tiene unos paisajes preciosos, aunque como me pasó a mi, te encuentres con algun enlatado incapaz de controlar sus cuernos dentro de la nevera, pero los dejas atrás enseguida y te olvidas de ellos. En cuanto llegas a lo alto cambia totalmente el tiempo. Hasta allí habíamos ido con nubes, fresco, alguna gotilla, de allí en adelante se veía todo el paisaje despejado, lo menos hasta Córdoba.


Conforme íbamos bajando cada vez hacía más calor. Paramos en una gasolinera no sé donde a tomar un refresco y pudimos ver las dos últimas vueltas de la carrera de Sachsenring, que ganó Pedrosa, con lo que seguimos camino algo más contentos.
Un poco más adelante, practicamente a los pocos minutos de salir de allí empecé a pasarlo francamente mal, porque tenía un sueño tremendo y temía cerrar los ojos y pegarnos un castañazo de narices. Hasta Guijuelo, en que entramos a descansar y comer un poco lo pasé francamente mal.
En Guijuelo, pues lo típico: un bocadillo de jamón con unas lonchas que se salían por todas partes y el pan recién hecho y una coca cola. La niña que servía las mesas una esaboría completa; se ve que le está haciendo falta un novio. Por cierto, en Guijuelo huele a jamón por las calles ¡buen invento!
De allí, del tirón hasta Cáceres, donde íbamos a dormir. Había buscado unos apartamentos tan céntricos que no podíamos llegar en moto hasta ellos. Bueno, no debíamos, porque yo sí que llegué, metiéndome por las calles peatonales, y Roberto dejó la moto en un aparcamiento y se llevó las maletas andando.
Una ducha, un paseo por la parte monumental, unas cervezas, algo de comer y a la cama, destrozados.
A la mañana siguiente, ya bastante más repuestos, desayuno y camino a Sevilla. Podíamos haber estado a las doce y pico en casa, pero la del GPS nos volvió a liar y acabamos haciendo una parada en La Pañoleta para probar unas Cruzcampo. Cuando ya teníamos el ánimo un poco más templado después de tantos kilómetros, nos fuimos a celebrar la vuelta ¿a que no sabéis donde? Pues a Los Barriles, claro.
Y aquí voy a dejar de escribir, que llevo una semana liado con el tochazo este y ya estoy empezando a hartarme, pero antes de cerrar, mi agradecimiento a Alejandro por el tute que se ha pegado para que nos lo pasemos tan bien como nos lo hemos pasado, a Mar por las manos que le ha echado, por seguir tan guapísima y por haberme enseñado a coger las curvas asturianas, a Andrea por haber sacado tantas veces mi número en el sorteo y por ser tan estupenda, a todos los que estuvieron allí, por eso, por haber estado, que siempre es un placer ver a los viejos amigos y añadir unos cuantos nuevos. A Roberto y Elisa por ser tan buenos compañeros de viaje, a Maricruz por la paciencia que tiene conmigo, y a la del GPS... a esa que le den dos duros.

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